Relatos Cortos

Café amargo en la ventana

Café amargo en la ventana
Me levanté de la cama, sábanas arrugadas y un regusto
impreciso en la boca. Mi sueño, como casi siempre en
estas últimas semanas había sido monótono y amenazador.
Tal vez por eso no lo recordaba. Encendí la luz de la
lamparita y los muebles del cuarto me recibieron extrañados:
la madrugada tiene inevitablemente ese aire precario,
de sufrimiento y congoja. . Me había acostado tarde, bebido,
cansado de discutir con mis camaradas. Y ahora zapatillas
escondidas, piernas vacilantes y el despropósito de
irrumpir en el silencio de la casa.
Avancé por el pasillo como quien no sabe cuanto tiempo
lleva caminando, la luz blancuzca de la cocina logró
hacerme dudar de la realidad. Caí en la tentación de veces
anteriores y decidí convertir la noche en vigilia. Cogí la
cafetera y preparé un café bien cargado, sin azúcar. Descansé
en la mesilla mientras hervía el agua, las manos acogieron
mi rostro, bostecé con el alma, fue un momento
dulce. Recordé la discusión que unas horas antes había
mantenido con mis camaradas, era algo más o menos así:
sólo existen estas dos posibilidades, o bien el tiempo transcurre
en una dirección única e inalterable, o bien el tiempo
CAFÉ AMARGO EN LA VENTANA 5
tiene infinitas direcciones que permiten todos los sucesos
y agotan todas las posibilidades imaginables. Ambas hipó-
tesis poseen igual verosimilitud, iguales posibilidades de
ser ciertas; pero ambas resultan igual de indemostrables.
Cogí mi taza de café y moviendo la cucharilla insistentemente
caminé despacio hasta el salón. Mover la cucharilla
tiene en mi ánimo el mismo efecto que un mantra.
Los muebles del salón también se sorprendieron al verme,
uno a uno miré agradecido a aquellos parientes domésticos.
Me situé junto a la ventana contemplando el desolado
paisaje nocturno. Las calles soportaban losas de sombra y
hasta las farolas parecían dormir un sueño amarillo y acuoso.
Los sonidos no obstante parecían más puros. Logré no
pensar en nada, pero fue obviamente un momento que no
advertí hasta que terminó.
Allá abajo se distinguía de cuando en cuando algún
paseante alevoso, humillado por la indiferencia de las calles.
Volvió el recuerdo de la discusión con mis camaradas:
con un tiempo único todos los sucesos son irrepetibles
y por tanto merecen veneración, el mundo se convierte en
sagrado; con infinitos tiempos sería la conciencia del hombre
lo único inmutable.
Advertí que algunos letreros luminosos continuaban
parloteando entre ellos. Los coches en cambio, inoportunos,
avergonzados, más que pasar huían, cuando miraba a
la lejanía el mundo parecía reconstruirse sin intervalos. Sin
duda que a esa hora todo era posible. Y entonces le vi,
estaba en el bloque de enfrente y la luz de su habitación lo
hacía inevitable: otro noctámbulo que como yo miraba por
la ventana, otro ser desvelado que se dejaba atrapar por la
fascinación de la noche. Me fijé bien en él, solitario, inmó-
vil, con la mirada perdida y un gesto de desconcierto, movía
la cucharilla de su café muy lentamente, con un movimiento
que retumbaba en mi alma. Su figura enmarcada
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por la ventana me capturó.
Así estuve hasta que por un segundo nuestros pensamientos
se cruzaron y él me miró a los ojos. De repente
me pasó por la cabeza que aquel desconocido en realidad
podía ser yo, y sentí un terror inesperado. Intuí que todo
podía ser un sueño, ese sueño monótono y amenazador de
las últimas semanas, y que podía acabar con él si hacía un
esfuerzo por despertarme. Pero, si lo hacía ¿me esperaría
otra vez el café amargo y la ventana?.

Acerca del autor

Miguel Angel Caliz

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