Relatos Cortos

Una habitación en la selva

No era un tipo vanidoso ni jactancioso, pero solía envanecerse
y le resultaba divertido cuando algún crítico literario,
un profesor de la universidad o un colega del gremio
de escritores lo señalaba como el más brillante prosista
de su generación injustamente tratado y con frecuencia
ninguneado por la industria editora de libros; y se jactaba,
bastante sincero, de que podía permitirse el lujo de no perseguir
la gloria literaria con ansias de naufrago recomido
por la fiebre del mar, y mucho menos anhelar en sueños
fatuos la ordinariez del dinero y otros necios oropeles que
alimentan el ego pequeño y ridículo de la mayoría de los
novelistas. Le bastaba con el reconocimiento y el respeto
de sus lectores (pocos pero casi unánimes en la admiración),
y con aislados contundentes elogios aparecidos en
los diarios y prensa especializada y firmados por reconocidos
expertos: un catedrático de literatura, un miembro
de la Academia de la Lengua o el director de espacios culturales
de La2, pongamos por caso. La vida, según él mantenía,
recuerdo, “consta de una etapa acumulativa y otra
de plenitud y sosiego”, y ciertamente le era imposible desoír
el agradable susurro que sus años le obsequiaban: se
acabaron los afanes por acumular y llegó el momento de
sentirse intensamente cómodo, regalado de sí mismo en la
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maravillosa habitación en la selva que durante mucho tiempo
había construido; como todo escritor que aprecie los
beneficios del sano egotismo y la disciplina ataráxica: una
habitación en la selva edificada sólo y solamente para él.
Fuera había mucho ruido. Gente idiota que gruñía y a
veces peleaba por estupideces. Ruido sobre todo. Mas el
único ruido que él admitía en su habitación de la selva era,
siempre de forma ocasional, alguna improbable composición
de Beethoven, quizás el Allegro de la 9ª sinfonía, o
acaso y para situaciones extremas el Adagio Cantabile del
mismo espectro musicado. No le entusiasmaba Beethoven
y en verdad procuraba no engañarse sobre tal convencimiento.
Beethoven era alemán, sordo y amargado, y su
música era la música de un alemán sordo y amargado. No
obstante, en contadas y muy precisas circunstancias recurría
al latido vívido de aquella música atronadora para elevar
su ánimo, transportarlo justo a las siete u ocho páginas
del cielo que conocía de memoria y donde le era posible
instalarse en calma chicha, numinosamente engarzado al
rumor de sus propios pensamientos serenos para hacer lo
único que sabía y le apetecía: escribir y complacerse en lo
muy “de puta madre” que escribía, según algunos de sus
incondicionales, recuerdo.
Beethoven era la excepción, está dicho. Mozart era alimento
diario, el pan del desayuno, la sopa de mediodía y
el vaso de leche caliente endulzado con miel antes de dormir.
Mozart era obligatorio, tan indispensable como para
una madre cambiar los pañales a su bebé, o para un católico
santiguarse al pasar frente a cualquier iglesia. Consideraba
que la música era un arte dividido en dos apartados:
Mozart y todo lo que no era Mozart. Solía parafrasear a
Wittgenstein en su célebre carta a Rusell: “Mi obra consta
de dos partes: la que aparece en el Tratado Lógico Filosó-
fico y todo lo que no he escrito. Y precisamente es esta
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segunda parte la importante”. Muy cierto: la obra de Mozart,
tan de súbito fallecido por causa de cualquier mínima enfermedad
de las que arrasaban a los pobres de su época, se
componía también de dos partes, la escrita y la que no pudo
dejar conclusa, ni tan siquiera atisbada en la profundidad
de su genio inagotable, y aquella segunda parte que ya
nunca sonaría para el universo era, sin duda, la más importante.
Encontraba un sesgo de clamor deifico en todo aquello,
sin embargo. Siendo Mozart – obviada toda discusión –
, el único Dios del gran arte de la música, era bastante ló-
gico suponer que la mayoría de sus pensamientos, emociones,
intuiciones y pálpitos creadores hubiesen quedado
lejos del entendimiento humano y, por supuesto, infinitamente
ajenos, tan infinitamente ajenos como infinita es la
muerte, al tosco infértil oído de los humanos. Todo en orden,
en fin. Todo armónico y a su completo gusto y arbitrio
en la habitación de la selva donde vivía: Beethoven
para los ratos perdidos de bajo pulso en la redacción de sus
alabadas y semiclandestinas novelas; Mozart para vivir a
diario; O mio babino caro, Parigi, o cara y Un di si ben
rammentomi, bella fligia dell’amore para las tardes de domingo,
cuando las horas se convierten en un largo río tranquilo
y ya no apetece escribir una línea y hay que esperar
hasta después de la cena para saber cuántos goles ha metido
el Real Madrid. Gardel era idóneo para olvidar las derrotas
de su equipo y embriagarse de melancolía, a ser posible
con arreglos musicales de Alfredo Lepera y letras de
Celedonio Flores. Y para olvidar a Gardel, Barenboim, sin
insistir demasiado en algunos excesos de Piazzolla que el
errante judío se empeñaba en orquestar. Consideraba que
el tango está concebido para los pies y la garganta, baile y
voces tristes filomelas; los derroches de intelectualidad en
el género sólo interesaban a unos cuantos atildados
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vanguardistas. Pura diletancia. Piazzolla tenía un pasar,
aunque prefería la antigua memoria de Carlitos Acuña interpretando
el himno del Real Madrid ante cien mil personas,
la mirada suspicaz y bastante desertora del Caudillo y
las sonrisas cómplices que se dedicaban Santiago Bernabéu
y Alfredo Di Stefano. Y por supuesto, los arias de Gianni
Schicchi, Rigoletto y La Traviata debían estar interpretados
por María Callas… en su defecto por Kiri Te Kanawa y
por nadie más. Cualquier otra voz habría sido una impertinencia,
una grosería inadmisible, uno de tantos pecados de
ligereza y mal gusto con que la gente plebeya suele entretenerse,
como los horrores de Luis Cobos, los llamados
“Tres tenores” y esperpentos parecidos.
En cuanto a lecturas no era tan exigente, acaso porque
los muchos años de pericia en las sutiles mañas de escribir
(y de cuidar su talento, recuerdo), le habían conferido el
don de la paciencia, un cierto relajo lleno de compasión
hacia los autores principiantes, los humildemente escrupulosos
y aquellos que con toda honestidad daban lo mejor
de su aptitud aunque los resultados fuesen mediocres.
Aborrecía, eso sí, a los incompetentes, cursis, atrabiliarios
y endiosados que escribían mamotretos infumables sabiendo
de antemano que la potencia mediática de la industria
editorial, la obsecuencia de buena parte de la crítica y la
falta de criterio del público lector iban a convertir
automáticamente, sin remedio, aquellas birrias en éxitos
imparables. No le preocupaba mucho el fenómeno, como
tampoco le atormentaba el hecho espeluznante de que David
Bisbal fuese un vocalista mucho más célebre que Peter
Dvorsky, pero cuidaba tenazmente su razonable huida de
aquellos libros lujosamente encuadernados, con el título
en relieve y una banda azul en la que podía leerse
“Decimonovena edición – 300.000 ejemplares vendidos”,
y majaderías similares. Lo único que había llegado a fasci-
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narle del ínfimo y torpe mundo de la purpurina literaria,
tras contemplar el prodigio en directo y muy de cerca, fue
el pelo artificial de Terenci Moix, una trozo de moqueta
pegado a su calva que, a buen seguro, producía chispazos
electrostáticos. La aventura de lucir sobre el cráneo aquel
artefacto inflamable era un detalle encantador que hablaba
galanamente sobre el arrojo del ilustre vâlet de chambre
de la Preysler, tan divina. Sintió mucho la noticia de su
muerte.
Pendejadas aparte, escritores noveles aparte, novelistas
insufribles aparte, su biblioteca estaba edificada al modo
en que Alejo Carpentier señala el orden del mundo y el
pensamiento en “El siglo de las luces”: La Torre de la Sabiduría,
La Torre del Temor y el Desasosiego y La Torre
de la Maestría. Los demás libros estaban colocados en orden
alfabético por autores, pero habría podido prescindir
de ellos con tanta indiferencia como se deshizo de su primera
biblioteca, tras su primer divorcio, o de la segunda
biblioteca convertida en cenizas por un incendio (llamaradas
que fueron capricho juguetón de su hijo pequeño, al
que adoraba). Lo importante, lo que de verdad constituía
su referencia mediúmnica en la perpetua conversación entre
vivos y muertos que caminan sobre la zofra de los siglos
y los libros, eran las tres torres, los tres grandes pilares
de cuanto existía y merecía nombre propio en el mundo
más o menos real de lo manifestado sentiente. La lista
era corta, cosa lógica, y no muy complicada. Para la Tercera
Torre, la de menos importancia y por eso mismo citada
en primer lugar, contaba con “El obispo leproso” de
Gabriel Miró y “Las uvas de la ira” de Steinbeck. La Primera
Torre se edificaba sobre “El último puritano” de
George Santayana y “El arte de la prudencia” de Gracián.
Para la Segunda Torre, “Corrección” de Thomas Bernhard,
“Ulises” de Joyce, “El marino que perdió la gracia del mar”
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de Yukio Mishima y, capital de capitales entre el dolor y la
angustia del místico que ha abusado de sus poderes, la gran
divina comedia ebria de Malcolm Lowry: “Bajo el volcán”.
Escribió para una revista literaria: “Lo ocurrido a los
personajes de Bajo el volcán, como en cualquier buena
novela, no es sino anécdota. El problema de la barranca, el
vertedero donde acaba sus días el cónsul Firmin, no es sus
bordes, su extensa circunferencia, sino el fondo, el vacío
de su interior. Es el noveno círculo del infierno, la Quiplot,
el reino de Belcebú donde habitan las moscas y los detritos.
Idéntico horror, idéntico problema al de la herida. Idéntico
problema al del despojamiento. Idéntico problema al
del alcohol…”.
Lo escribió unos años atrás, recuerdo, antes de asistir
durante cuatro meses seguidos, diariamente, a las reuniones
de alcohólicos anónimos. Antes de abandonar la manía
de beber. Antes de cambiar la manía de beber y emborracharse
hasta el delirio por la obsesiva sobriedad y la
rara costumbre de levantar mancuernas cada tarde, tras la
siesta, hasta el logro de tres mil kilos en trescientas alzadas.
Hasta agotarse.
Estaba bien en su habitación en la selva. Justificaba su
alejamiento de actos públicos, presentaciones de libros,
firmas, conferencias y demás incordios con vagarosas excusas
sobre lo tormentoso de su vida sentimental y el frá-
gil equilibrio emotivo que estos conflictos le deparaban,
algo semejante a “no me encuentro con ánimo”, “no es un
buen momento para mí” y mentiras de la misma hechura.
Lo cierto es que la habitación en la selva le había costado
mucho, y había pagado el dispendio con dos divorcios, el
extravío confuso del cariño de sus hijos, la incomprensión
de sus familiares y allegados y casi el olvido, puede que el
desdén, de quienes en otro tiempo se llamaban amigos suyos;
por no hablar de las once mil botellas de JB que ha-
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bían quedado para él tan vírgenes como las once mil vierges
de Apollinaire. Pero aquellos inconvenientes carecían de
importancia. Era al fin dueño de su habitación en la selva
y los sonidos y clamores del mundo ya no lo inquietaban,
ni tan siquiera lo molestaban. Sólo le habría incomodado
el tremendo error de instalar en el aparato de música un
CD de Beethoven a destiempo. Antes de la muerte, de cualquier
muerte, de su propia muerte que imaginaba sombra
navegable entre los libros del método Carpentier, su habitación
en la selva era el único paraíso que un hombre sensato
podía desear. En ello creía firmemente y habría dado
la vida, en concreto la media vida que le quedaba, por
mantener dicha convicción, pues no era vanidoso ni jactancioso
aquel individuo, pero sí apasionado, con frecuencia
en exceso apasionado y vehemente, si bien oculto, acechando
miradas voraces donde quiera que surgiesen, siempre
desde el mudo secreto vegetal de su habitación en la
selva.
Casi nunca salía hacia el mundo porque el mundo llegaba
para él a través de Internet: los periódicos, las noticias
de radio, las películas que le interesaban (muy pocas),
las tiendas de libros y discos, las críticas de sus libros y el
contacto necesario, a veces enojosamente obligatorio, con
sus editores y también con los periódicos donde su firma
constaba en la nómina de colaboradores. El correo electró-
nico se había convertido en el nexo más fiable y seguro
entre él y el etcétera de cuanto merecía la pena existir. Si
algún desconocido o sedicente amigo lo incomodaba demasiado,
fuera entusiasta de sus obras o empecinado
denostador de las mismas, ponía su nombre en el filtro de
no deseados y problema resuelto. Si quería ponerse en contacto
con alguien que hubiera llamado su atención, cosa
bastante difícil, debo decir, entonces Hotmail y Google eran
palabras colmadas por la sencilla y verdadera esperanza
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del noúmeno que algún día llegará a convertirse en fenó-
meno. Estaban bien, muy bien Hotmail y Google, eran un
espejo de agua dentro de su habitación en la selva, su Aleph
sin la irritante ceguera de Borges, como un largo viaje alrededor
del mundo sin que nadie se apercibiese de que él
estaba allí, observando, gozando cada anochecer y cada
nuevo día sin que los demás supiesen que miraba confortado
en el dulce ocultamiento tras el boscaje que su habitación
en la selva siempre le facilitó. Y fue precisamente el
correo electrónico, Hotmail desde luego, quien lo condujo
a la última revelación.
Unos días antes había conversado con ella a través de
MSN sobre los atributos emocionales del arte. Revelación
era la palabra, más en concreto una revelación que nunca
llega a producirse en el sendero del hombre sensible hacia
el espíritu. Parafraseaba a Thomas Mann, dijo: “La belleza
es la única cualidad moral que puede verse, o escucharse,
percibirse en suma por los sentidos. Imagina que pudiésemos
ver el amor, la lealtad, la honestidad, la franqueza, el
valor… no digamos sus inversos como la ruindad, la cobardía
o la envidia. Enloqueceríamos. Por eso la belleza nos
sitúa extasiados en el umbral de una revelación que nunca
llega a producirse”. No supo si ella se burlaba o sinceramente
acudía a la provocación metalingüística cuando respondió:
“La revelación existe: un buen orgasmo”. De cualquier
forma, “un buen orgasmo” no le parecieron tres palabras
capaces de adornar más aún a la dueña de una mirada
invasora, apabullante sobre documentos adjuntos en su
correo electrónico y en formato JPG que él, con todos sus
años de experiencia literaria, con toda su pericia en el manejo
de las palabras, con toda aquella agilidad de cazador
furtivo emboscado en su habitación en la selva, era incapaz
de describir, no digamos nombrarla. Algo impropio,
como Beethoven a la hora de la siesta. Pensaba en ella, en
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la mirada, y pensaba en la herida… su barranca en la habitación
en la selva, su taberna El Bosque donde, sospechaba,
tarde o temprano había de sucumbir igual que Geofrey
Firmin padeció muerte por desventura junto al cadáver de
un pichinche vagabundo.
Más tarde, ella insistió en derribar una a una cada puerta
de bronce con el grito de Esténtor, el mejor aliado de los
aqueos frente a los muros de Ilia (y esta es una figura retó-
rica un poco rebuscada, se nota, y esto último ha sido un
paréntesis). Mas no importa, porque ella dijo “Tú no me
conoces”; y él quiso contestar entre altivo y pesaroso: “Lo
decía Malraux y no estaba equivocado. Enamorarse es dar
lo que no tienes a alguien que no conoces”. Calló sin embargo.
No estaba el atardecer rojizo más allá de las
cristaleras de su habitación en la selva, tan literalmente
rojizo, para frases de Malraux. Ni tan siquiera para cualquier
efectiva artimaña poética de Novalis. Estos asuntos
suelen no solucionarse de esta manera.
Después hubo un silencio muy largo, quebrado finalmente
por un nuevo correo electrónico. Yahoo tenía que
ser, sin concesiones… todos los hermosos y sabios caballos
yahoo asediando a Gulliver desesperado y naufrago
de sí mismo. Un breve texto y un número de teléfono. Podía
olvidar las dos o tres líneas escritas, pero el número de
teléfono era su fin. De nuevo la herida. No necesitó almacenar
aquel número en el directorio de su nuevo telemóvil.
Desde antes de leerlo temió saber aquel número de memoria.
Pensó en contestar al correo y decir al fin, protegido
por la distancia, que el amor recién nacido es dar lo que no
se tiene a alguien que no conoces, pero desistió de la idea
tras sopesar dos motivos. Primero: nunca había hablado
de amor usando el correo electrónico, cosa de adolescentes,
también propia de adultos desesperados que esconden
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las arrugas de mil derrotas en el enigma licuante de una
pantalla… en todo caso una operación casi administrativa;
se escriben correos electrónicos a una editorial, a un perió-
dico o un agente literario, no a la dueña de la mirada
rumorosa muchos días en algún rincón sin explorar de su
habitación en la selva, donde ejercía el dominio inalcanzable
de los potenciales evocados. Segundo: la frase en cuestión,
fuese de Malraux, Novalis o el bestia de Bukowski,
le parecía acertada, sí, pero un pelín cursilona, algo de la
misma jaez que “amar significa no decir nunca lo siento” y
mariconadas parecidas, pensaba, recuerdo.
Nada de usar el correo electrónico. El teléfono era quien
lo llamaba, el indeleble número de teléfono que se habría
hecho tatuar en el antebrazo igual que algunos jóvenes intrépidos
adornan su piel con un código de barras y el correspondiente
DNI.
Habló con ella casi una hora, más de una hora, la eternidad
de todo el tiempo que nunca estaría bajo la luz de
aquella mirada, a buen seguro deslumbrante en el cristal
de su espíritu, tal misterio. Reconoció mil veces que, en
efecto, no la conocía; y mil veces pensó que gastaba sin
pudicia ni la menor cautela todo aquello que no tenía… y
lo peor: sospechaba que nunca iba a tenerlo.
Agotó la batería del teléfono, recurrió a otra línea, habló
y habló y pudo darse el lujo de escuchar la voz hondo
y sin respirar, su voz, aquella voz cercana, muy muy próxima,
“familiar” como la había definido nada más escucharla…
nada más reconocerla en la pantalla de Messenger. Y
después de las palabras otro gran dispendio: acudir presuroso
a la Segunda Torre, la del Temor y el Desasosiego,
para aturdirse con el veneno más inmediato de la gran divina
comedia ebria, la soberbia queja testamentaria del
cónsul Geofrey Firmin en “Bajo el volcán”, cuando grita a
su mucho y mal amada Ivonne: “He luchado deliberada-
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mente en contra de mi amor por ti… pero no puedo enga-
ñarme más. Si he de sobrevivir, necesito tu ayuda”.
Fue entonces cuando se sintió por completo inútil.
Desvalido e inútil, solo como nunca en su habitación en la
selva. Fue entonces cuando empezó a descubrir que la mirada,
el misterio, habían convertido su habitación en la selva
en una habitación en el desierto.
“Nunca, nunca más”, se dijo. Nunca había deseado tanto
a una mujer. Nunca había necesitado tanto una botella. Pero
cómo encontrar muchos tragos, sólo un trago en una habitación
erigida a su memoria y su daño en medio del desierto.
Cómo olvidar ahora, pensaba, recuerdo

Acerca del autor

José Vicente Pascual

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